La pura realidad.

El mundo se paraliza. El tiempo parece detenerse. Los relojes se derriten dalinianamente. Las banderas celestes y blancas, sostenidas por miles de voluntades en las tribunas, decoran la escena en la que un hombre destina cada tensión de sus músculos a un fin. Cada una de sus células trabajan para lograr el objetivo de embocar en un cuadrante de caño con redes una esfera de cuero y aire. Messi va a disparar. El arquero yace en el suelo, su gesto de resignación es comparable al de un toro al cual van a rematar al fin de una corrida. Lionel pica la pelota como con una cuchara. La parábola es perfecta, Leo la dibujó tantas veces y hace ya tanto tiempo que lo hace que se lo puede considerar un artista del espacio. El balón besa el pasto, y ese beso le recuerda al que antes le dio el botin izquierdo del jugador. Lo recuerda tan bien que hasta sabe como debe moverse cuando se despegue del suelo, porque fue acariciado con el empeine pero con una leve desviación a la cara interna. Por capricho más del diablo que de la física, la pelota toma el efecto correcto y pega en el palo. Desfila a los saltos por la vertiginosa línea de cal. Se dirige al otro poste. Casi como aquella niña, cantando “Danica dorada, era para untar, era para untar”, la pelota alegremente, mostrándole a la audiencia todos sus gajos, dice que no tiene ganas de entrar a casa. Que quiere seguir jugando un rato más. Le da un beso al otro palo y se va. El silencio. Las mil palabras que vale una imagen. El silbato del referí, el único con licencia para sonar triste.

Es el fin de la carrera de Messi que ya con casi cuarenta años no puede apostar a llegar a otra final con Argentina. Se terminó el sueño. No podrá levantar una copa del mundo. Y eso lo dejará por siempre debajo del escalón que ocupa Maradona. Vivirá siempre a la sombra de un Dios. Permanecerá atado al frío destino de los mortales. No podrá acomodarse en ningún asiento de la primera clase de los ídolos mundiales.

Suena como una pesadilla, ¿no?.

Porque todos los que amamos el fútbol queremos que Messi levante una copa mundial con Argentina, ¿cierto? Porque disfrutamos que el mejor jugador de esta época sea argentino. Porque gozamos con lo que hace en el Barcelona todos los fines de semana y, con envidia por los catalanes, le demandamos a Lionel que se convierta en Maradona cuando se calza la celeste y blanca. Que no es el mismo. Que es un pechofrío. Que no tiene voz de mando. Que no se tira a los pies. Que no pone huevo. Que no grita. Que no se pone el equipo al hombro. Que no tiene actitud. Que es una mentira. Que en el Barça juega rodeado de fenómenos. Que si llega a jugar acá en el campeonato de Argentina lo marcarían más. Que acá no haría ni la mitad de las cosas que hace allá. Que le queda grande la 10. Que…

Por qué comparar a Messi con Maradona. El Diego fue el mejor del mundo, sí. Pelé también. ¿Puede haber dos “mejores del mundo”? Sí. Y más también. Pero tenemos la puta costumbre de comparar. ¿Para qué? ¿Por qué?. Acaso ustedes cuando la miran a su novia / esposa / amante le dicen: “Estás hermosa, pero al lado de la Kloosterboer no tenés nada que hacer”. Son hermosas las dos. Permitanse eso. ¡Permitanse disfrutar de haber nacido en la época donde pudieron ver a los dos con pleno uso de razón!

Maradona es una clase de jugador. Es una época. Es su contexto. Messi no viene con sus gambetas y goles imposibles a arrebatarle el trono a Diego y a tachar todos sus logros. ¿Por qué nos da temor aceptar que Messi es el mejor del mundo? ¿Tenemos miedo que por aceptar esa realidad los archivos de goles del Diego en Napoli se borren? ¿Nos da pavor que el póster de México 86 se vea aún más amarillo? ¿Se verá peor el VHS de Italia 90 que tenemos cajoneado en casa? ¿O es que con el gol contra los ingleses recuperamos las Malvinas y la llegada de Messi se las devuelve con un moño?

Maradona está relacionado a lo emocional, está clavado en el inconciente colectivo como un héroe. En su figura radica el orgullo nacional y nuestras contradicciones más propias. En Messi vemos otra historia. Con sus particularidades: Messi fue su propio héroe, salvó su carrera inyectándose él mismo las hormonas en sus piernas con apenas 11 años. Ahora le pedimos que sea el héroe para los demás. Que sea un ícono nacional, un prócer popular. Grave error, tanto exigirle tal cosa como también compararlo con Diego.

¿Comparamos a uno con otro porque son hábiles y rápidos con las piernas?

Imagínense entonces a Muhammad Ali gambeteándose a una defensa entera y al arquero. No lo ven, ¿no? Yo tampoco.

¿Los comparamos porque ambos son bajos y zurdos?

Imaginemos entonces a Chaplin, que medía 1.65 y era zurdo, tomando carrera con su pasito tan característico para patear un penal. Seguro lo erra.

¿Los ponemos uno al lado del otro porque ambos usan la 10 en la espalda de su camiseta de la selección?

Entonces llamemos a Alfredo Rojas, José Sanfilippo, Antonio Rattin, Ramón Heredia, Mario Alberto Kempes, Ariel Ortega, Juan Román Riquelme, Marcelo Gallardo, Carlos Tévez, Sergio Agüero y preguntémosles si sienten que deben ser comparados todo el tiempo con Maradona y con Messi. Aunque Sanfilippo diga que de un licuado de todos los grandes jugadores sacaríamos un 50% de lo que fue él, sabemos que no puede sentarse en la mesa de Lio y Diego. Seguro que fue un fenómeno, como suele decir él. Pero disculpá, Nene, en esta mesa se sientan los marcianos. La mesa de los fenómenos está allá, donde está sentado Johan Cruyff, George Best y un par de bebés más.

¿Los cotejamos porque ambos ganaron un mundial juvenil?

Entonces cualquier pibe de los que salieron campeón sub 20 con la selección de Serbia en 1987 o 2015 o cualquier muchacho de los que integraron el plantel campeón juvenil de Ghana en 2009 tiene que empezar a sentir a partir de ahora la presión de deber ser como alguno de los dos cracks en cuestión, con todo lo que eso significa.

¿Los comparamos por no haber ganado nunca una Copa América?

Entonces Marco Etecheverry, máximo exponente del fútbol Boliviano tiene que entrar en la comparación. Valderrama, Iván Zamorano ni Alex Aguinaga ganaron este trofeo. Nolberto Solano, Chilavert ni el Chino Recoba tampoco… Máximos ídolos en sus países, pero no hablamos de ellos cuando la discusión pasa por Maradona o Messi.

¿Será porque ambos jugaron en el Barça y en Newell’s?

En el Barça jugó Maxi López, marcando 2 goles en 19 partidos, habiendo sido fichado por seis millones de Euros. Y en Newell’s, Ernest Mtawalli, proveniente de Malawi. Nadie sabe como llegó a este club en 1995.

¿Será porque ambos tienen un gol convertido con la mano?

Existen rankings de mejores goles con la mano. Raúl González, Sergio Agüero, Cuautemoc Blanco, entre otros, entran en esa nómina.

Tengo una propuesta para hacerles: Tomémonos el De Lorean y bajemos en la casa de Brigitte Bardot, en sus tiempos de belleza. Toquémosle el timbre y cuando nos abra, como si se tratara de un extraño y humillante ring-raje de la verdad, digámosle: “Sí, señorita, ud. es la más hermosa de estos tiempos. Pero es muy cierto también que no tiene la delicadeza de Audrey Hepburn ni la mirada de Greta Garbo”. Y salgamos corriendo, exclamando barbaridades.

Luego, sigamos viaje, y paremos en el vestuario de Monzón, después de haberle arrancado la cabeza a Nino Benvenutti. Si tenemos los huevos, podremos decirle que el era el boxeador con la piña más demoledora, pero que ciertamente no contaba con los movimientos graciles ni brindaba el mismo espectáculo que el “intocable”, Nicolino Locche. Antes que Carlos se dé cuenta de la afrenta, subamos al De Lorean y rajemos.

Ultima parada: Abrimos la puerta de una milonga porteña, nos dirigimos a la barra, pedimos un champagne y golpeamos la copa para brindar por una causa. Cuando todo el mundo esté mirando gritamos fuertemente: Brindo por Carlos Gardel, el primer y mejor cantor de tango. ¡Todos los demás son una mierda!

Volvamos a la actualidad.

Afortunadamente no tuvimos que asistir al acto en que el rostro de Brigitte se arrugaba en una mueca de indignación ante lo que le hubiéramos dicho, ni tuvimos que soportar una piña de Carlos Monzón. Tampoco tuvimos que huir de una milonga con alguna que otra puñalada de algún fundamentalista de Goyeneche.

Por suerte no hubo más que subirse al vehículo de la imaginación.

Messi no dilapidó su última chance en un mundial, ni Muhammad Alí se dispuso a llevar a pasear a la pelota en un slalom entre piernas rivales. Tampoco vimos el desopilante acto de Chaplin pateando un penal. Hubiera sido gracioso, pero vivamos la realidad: Maradona es el mejor del mundo, Messi también.

Anuncios
La pura realidad.